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Hay algo prodigioso en la poesía de Concepción de Estevarena (1854-1876): brillantes por su altura poética, sus versos nacen de la vocación inquebrantable de su autora frente a la prohibición expresa de su padre. Ante la adversidad, la escritura se le revela paradójicamente como un terreno seguro, donde la reflexión sobre el hecho poético es necesaria para encontrar la paz y para tomar impulso. Su equilibrio entre lo meditado y lo inevitable, su posicionamiento neutro en los poemas de temática amorosa, su capacidad para sintetizar y reelaborar la estética del Romanticismo tardío y su extraordinaria calidad hacen de ella un ejemplo raro y muy valioso, que celebramos con esta antología.

Concepción de Estevarena nació en Sevilla en 1854. La oposición radical de su padre a su vocación poética le obligó a ocultar su actividad literaria. Su respiro creativo lo encontró en la familia Velilla, con quienes cultivó una gran amistad. Tras la muerte de su padre en 1875, Estevarena se vio forzada a vender su casa para pagar  deudas y tuvo que marchar a Jaca con un pariente que la acogió. Allí murió un año más tarde, víctima de una tuberculosis contraída en el viaje desde Sevilla. El acta de su fallecimiento decía: «muere soltera de veintidós años dedicada a ocupaciones domésticas sin testar». La familia Velilla reunió los poemas de Concepción de Estevarena en Últimas flores (1877), de publicación póstuma.

Collage de cubierta de Francisca Pageo.
60 páginas.
A la venta el 4 de marzo de 2019.
4,90 €
ISBN: 978-84-948412-0-0.
IBIC: DCF.
En 1935, la joven Carmen Conde comenzó una profunda amistad con Katherine Mansfield, fallecida doce años atrás. Las relaciones literarias de los vivos con los muertos pueden ser fructíferas, y a Carmen Conde esta búsqueda —este diálogo en una sola dirección— le posibilitó un conocimiento mayor de sí misma, de sus inquietudes y sus vaivenes íntimos, desde un ejercicio estilísticamente rico e inteligente: Katherine Mansfield fue interlocutora y espejo, amiga silenciosa y necesaria, apoyo para abrirse paso —con firme vocación— en un mundo de hombres. En estas Cartas a Katherine Mansfield —que se reeditan completas aquí por vez primera, con edición de Fran Garcerá, coincidiendo con los cuarenta años del ingreso de la autora en la Real Academia Española— laten la cotidianeidad y las dudas existenciales, la muerte y las pulsiones suicidas, el gozo extraño de las pequeñas cosas que el mundo ofrece y el misterio absorbente de la creación artística. Carmen Conde las escribió desde la fascinación y la curiosidad —¿qué rostro tendría su amiga nunca vista?, ¿qué habría sentido Katherine Mansfield al leer sus cartas?—, a la vez que dejó traslucir en ellas una complicidad que no entiende de tiempo, distancia ni idioma y que, con una belleza mágica, difumina la frontera entre la vida y la muerte.

Carmen Conde (Cartagena, Murcia, 1907-Majadahonda, Madrid, 1996) es una de las voces más significativas de la literatura española del siglo XX, así como uno de los ejemplos más lúcidos de defensa y visibilización de la escritura de mujeres. Autora muy prolífica, cultivó diversos géneros a lo largo de su trayectoria, aportando en todos ellos su particular visión y su rico dominio del lenguaje. Fue merecedora del Premio Nacional en dos ocasiones: en 1967 por Obra poética (1929-1966), en la categoría de Poesía, y en 1987 por Canciones de nana y desvelo, en la categoría de Literatura Infantil y Juvenil. Entre sus títulos destacan también Brocal (1929), Ansia de la gracia (1945), Mujer sin Edén (1947), Al encuentro de Santa Teresa (1979) y Soy la madre (1986), entre otros muchos. Consciente del poder transformador de la cultura, fundó —con Antonio Oliver— la Universidad Popular de Cartagena en 1931, aunque la Guerra Civil puso fin a este proyecto. Carmen Conde fue la primera mujer en ser académica de número en la Real Academia Española, donde ocupó la silla K. Su discurso de ingreso, pronunciado en 1979 y titulado Poesía ante el tiempo y la inmortalidad, ponía de relieve la injusta invisibilización de las escritoras y reivindicaba algunos nombres, como los de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado y Rosalía de Castro. En 1992 legó al Ayuntamiento de Cartagena toda su obra literaria y su archivo documental, y en 1995 se constituyó el Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver en dicha ciudad.

Fran Garcerá (Puerto de Sagunto, Valencia, 1988) es investigador predoctoral FPI del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, donde realiza su tesis de doctorado sobre poetas españolas de la Edad de Plata (1900-1936). Entre los resultados derivados de su investigación se encuentra la recuperación de distintas poetas de este periodo mediante la edición científica de sus obras, entre las que se encuentran hasta la actualidad: Margarita Ferreras (Pez en la tierra, 2016), Mercedes Pinto (Canto de muchos puertos, 2017) y María Cegarra Salcedo (Cristales míos, 2018), publicadas por Ediciones Torremozas. También ha llevado a cabo la edición científica y la introducción de la obra dramática Mineros (2018), escrita por Carmen Conde y María Cegarra, que se mantuvo inédita desde su redacción final en 1937 hasta la actualidad. En este sentido, ha reunido y editado científicamente el epistolario mantenido por Carmen Conde y María Cegarra Salcedo entre 1924 y 1988, que constituye la correspondencia más extensa mantenida entre dos autoras españolas publicada hasta la fecha (2018). Ambos volúmenes han sido también editados por Torremozas. Asimismo, ha colaborado en revistas como Iberoamericana o PROSEMAS, en la que dio a conocer la correspondencia de la poeta Gloria Fuertes con Gabriel Celaya y Amparo Gastón (2017), o Revista de Investigaciones Feministas, en la que publicó —con Irene García Chacón— el epistolario entre la Premio Nobel de Literatura Gabriela Mistral y la artista plástica de vanguardia Norah Borges (2018).

Fotografía de cubierta de Patry García.
112 páginas.
A la venta el 28 de enero de 2019.
12 €
ISBN: 978-84-948007-5-7.
IBIC: DNF.